Jorge BERLANGA
Por fin saludamos la llegada del otoño con sus mejores o peores consecuencias. Los árboles se inclinan con la fatiga del tiempo como si les crujiera la corteza de los riñones y las hojas secas caen sobre nuestro cogote mojadas por la lluvia, tan llenas de olvido y gastadas de recuerdos. Lo mejor es que es tiempo de anuncio de naturaleza extenuada que nos gusta como comienzo de temporada. Todo son nuevos inicios. No importa que las noticias caigan como las castañas, envueltas en espinas, ni que los locutores de la tele pierdan el pelo, salvo Hilario Pino, que se renueva como hoja peremne. Entre los aires otoñales, en las marquesinas nos saluda Isabel Preysler anunciando un milagroso producto antienvejecimiento, que combinado con «photo-shop», puede convencer al más pintado de que la fuente de la eterna juventud existe.
A mí, más que la caída de la hoja y el «striptease» de los olmos, me parece mejor glosar ese desfoliamiento que por orden del bienamado alcalde madrileño Ruiz-Gallardón, que ha dejado seco y podado el paisaje de la ciudad del imparable brote de los hombres anuncio, que últimamente cubrían las calles con una explosión folicular de tonos rojizos, anaranjados y amarillentos.
Crecían como hongos, ofreciendo la compra de oro como último remedio para la memoria del Imperio Español en naufragio, pero por la dignidad humana, se ha decidido que es preferible que antes vayan al paro que ser reflejo de vergüenzas. Es un modo de dar un hachazo a las ramificaciones incómodas de las matas, que nos lleva a entender mejor la fuerza de tempestad callada que grita en las fotografías de Rablaci, que estos días expone en la galería Raquel Ponce sus imágenes de intensidad feroz, libre y tempestuosa entre raíces y hojarascas. Está visto que el otoño nos llega con un rastrillo para el pasado, pero con abono húmedo cargado de futuro.