Paloma PEDRERO
Los expertos dicen que a los padres les sigue dando vergüenza hablar de se-xo con sus hijos; que piensan que éstos ya saben latín sexual vía internet; que les corta pensar que sus vástagos puedan hacerles preguntas sobre su propia intimidad.
El resultado de tantos temores y pudores se traduce en embarazos en niñas cada vez más pequeñas, un gran número de enfermedades de transmisión sexual en adolescentes, consumo exagerado de alcohol y otras drogas para afrontar la primera vez. Un desastre porque no evolucionamos, no nos humanizamos. Fíjense si la cosa es de armas tomar que muchos chicos se niegan a usar preservativo. Porque sí, porque no les mola. Y cuando la chica le pide que se lo ponga, y le ofrece uno que ella lleva en su bolso, el chico piensa que es una experta (o dicho en demodé, una fresca). Muchas chicas, entonces, para que su amorcito no piense mal, lo hacen a pelo. Un acto de amor coactivo y kamikaze. Porque, ¿quién se queda luego con la semilla dentro?
¿Por qué tanto miedo a la verdad? Los niños son capaces de asimilar las verdades con total naturalidad. Los críos necesitan confiar en sus mayores, y sólo lo harán sabiendo que las respuestas a sus preguntas no serán falsas. Preguntar sobre sexualidad lo hacen prácticamente desde que comienzan a hablar; porque oyen a sus padres hacer el amor, porque ven la tele, porque sienten. Mi hija, a los siete años, me preguntó para qué servía el líquido blanco que salía de la colita de los hombres. No le devolví aspaviento ni risa. Se lo expliqué. Quizá sin comprenderlo del todo, se quedó satisfecha. Cuando sea adolescente y se enamore entenderá los matices. Y, casi seguro, ningún machito dudará de su honestidad cuando le pida que se ponga el preservativo.
La sexualidad es el gran regalo de los dioses a los humanos. La verdad, la mejor maestra.