Rosa DE DIEGO - Catedrática de Filología francesa en la Universidad del País Vasco
Las verdaderas vidas no tienen fin. Los verdaderos libros no tienen fin (Continuará)». Con estas palabras termina el «Libro de las huidas», de J. M. Gustave Le Clézio, uno de esos raros novelistas que aún buscan el mito como respuesta coherente en un mundo imperfecto. La escritura carece de final, porque se trata de una aventura eterna para comprender lo que nos resulta desconocido. Es una forma de búsqueda de un tesoro escondido que todo lector terminará encontrando: una ciudad deshabitada, una felicidad conquistada. Tampoco es un sueño imaginario, ajeno a la realidad. Le Clézio es un autor comprometido que denuncia. Explora el mundo para realizar un viaje por la escritura con el objetivo de encontrar los valores esenciales, el sentido del hombre.
Nace en 1940, vive en Niza, en París, pero viaja constantemente a México, a Panamá, donde vive cuatro años junto a los indios, a las islas Rodrigues y Mauricio, de donde son sus antepasados, o a Nigeria, donde encuentra a su padre. El descubrimiento de la escritura, del mundo indio, las ganas de huir y la necesidad de oír otras voces son las etapas que ha recorrido.
Su primer libro, «El atestado», recibe el premio Renaudot en 1963. Con 23 años es un autor célebre. Sus libros responden a una inquietud: la búsqueda de una vida más auténtica para un hombre perdido en la sociedad moderna. Los viajes a Panamá y México son una huida de la sociedad de consumo. Allí descubre un modo de vida puro. Es la historia de una iniciación: «No sé cómo eso es posible, pero es así: soy un indio».
Las novelas posteriores narran este descubrimiento a través de una escritura simbólica. Una lengua accesible por su transparencia. Una escritura cargada de descripciones, de análisis de sentimientos. Una escritura que mezcla géneros, introduce eslóganes, fotos, o dibujos. Expresa la dificultad de enunciar con la palabra esa coincidencia armónica entre el hombre y la vida.
Sus personajes recorren el mundo por el desierto, entre islas, en ciudades. Espacios que pertenecen a su imaginario y en torno a los cuales construirá sus ficciones. Estos movimientos están provocados por la necesidad de abandonar un espacio opresor. O por causas históricas, políticas, económicas. El viaje se construye sobre un principio de huida, antes de convertirse en un espacio de descubrimiento. Es el sueño de un espacio liberado de los otros. Un viaje que con frecuencia regresa a sus orígenes y descubre el misterio de la vida. En su novela «Desierto» narra dos relatos de aprendizaje que se superponen, la historia de Lalla y la crónica de Nour. Lalla es una adolescente de nuestros días que aprende la vida en el desierto, en el borde del mar y en Marsella, antes de regresar al desierto de nuevo, donde da a luz a una niña. Nour es una joven nómada, testigo del exterminio colonizador, que se convierte en memoria de su pueblo. Frente a la civilización occidental, inhumana y violenta, el desierto es un lugar de transparencia. De nuevo, un retorno al espacio mítico de los orígenes.
Para Le Clézio la escritura está asociada a una búsqueda espiritual, como queda patente en «El buscador de oro»: «Casi sin comprenderlo, pero estando seguro de hacerlo, he empezado el largo viaje religioso que sin duda no terminará nunca». Un viaje para encontrar una forma de diálogo con un mundo perdido. Le Clézio busca la relación auténtica entre el hombre y el universo. Quizás por ello pueda explicarse la primacía de la sensación sobre el conocimiento, el interés del autor por las civilizaciones primitivas. Se trata de encontrar una visión del mundo nueva. «No era el oro lo que buscaba, sino una sombra, algo como un recuerdo, como un deseo». De ahí la presencia del mito. La reescritura de la Biblia en «El diluvio» o de la mitología griega en «Los gigantes», permiten comprender su obra desde una dimensión superior, fuera del tiempo. Le Clézio ha estado en una posición de ruptura, al margen del espacio cultural francés. Estar al margen no significa estar separado sino estar comprometido con los problemas de todos los marginales en ese espacio. Sin embargo es un compromiso que no se efectúa en términos de identidad, sino desde la diferencia.