En el ministro descamisado hay algo que no encaja. Es como si al
presidente de un gran banco le da por recibir a sus visitas en zapatillas
Alfonso USSÍA
El duque de Bedford acudió a su club londinense a comer. Hacía calor en Londres y no llevaba corbata. No obstante, iba elegantemente vestido. Con gran pesar de los empleados, entre los que era muy querido, le fue prohibido el acceso. Al día siguiente, el duque de Bedford llevaba puesta la reglamentaria corbata. Iba completamente desnudo, con la corbata anudada al cuello. Con gran pesar de los empleados le fue permitido el acceso. Y comió tranquilamente.
Un ministro en el Banco Azul del Congreso descamisado es, como poco, un grosero. Miguel Sebastián, el ministro salido del fracaso, se presentó sin corbata en el Pleno de la crisis económica. El Presidente del Congreso de los Diputados, José Bono, lo advirtió con disgusto, y le envió por medio de un bedel una corbata bastante chula de seda con leoncitos estampados. «A ver si te gusta», le escribió en una nota. Miguel Sebastián la rechazó, porque es muy moderno y a él nadie le da lecciones de urbanidad. Otro Presidente del Congreso socialista, Julián Besteiro, le habría expulsado de su escaño. Lo más que permitió don Julián, una tarde tórrida de julio, a petición de un diputado, es que se quitaran las chaquetas. «Pero cada uno la suya», remarcó. Con la corbata era inflexible. Existe alguna fotografía de don Julián preso en la posguerra vestido como si fuera a presidir un Pleno extraordinario. Federico García Lorca prefería la elegancia de otro socialista, Fernando de los Ríos, y en ese punto manifiesto mi desacuerdo con el sentido de la estética del gran poeta granadino. Fernando de los Ríos era más cursi que un cisne entre nenúfares, en tanto que Besteiro podría haber protagonizado un hecho semejante al del duque de Bedford. No obstante, Federico lo dejó escrito: «Viva Fernando/ de los Ríos Urruti,/ barbas de santo,/ padre del socialismo/ de guante blanco./ Besteiro es elegante?/ pero no tanto».
Tarradellas expulsó a uno de sus consejeros del Gobierno de la Generalidad por no llevar corbata. No es cuestión de antigüedad, sino de respeto. Un ministro del Gobierno, en sus apariciones públicas, tiene que llevar corbata, y más aún en el Parlamento. Podía haber optado por llevar una de pajarita, que da menos calor y agobia menos, y este cronista habría celebrado con gozo su coquetería. Pero en el ministro descamisado hay algo que no encaja. Es como si al presidente de un gran banco o una multinacional le da por recibir a sus visitas en zapatillas, o que el Rey sorprenda en las audiencias apareciendo en traje de baño. No están escritas las normas ni las formas, pero están. Que Llamazares vaya al Congreso sin corbata entra dentro de lo correcto, porque también las corbatas tienen derechos adquiridos al paso de los siglos y hay que respetarlas. No es socialista ser un ministro sin corbata. Es ser un grosero, simplemente, y Bono tendría que haberle puesto la corbata personalmente, y apretándole mucho el nudo, por faltón. Este ministro va al Congreso como si fuera a Benidorm a presidir un concurso de paellas. Y menos mal que no es pelirrojo, porque un ministro pelirrojo y sin corbata no puede traer más que catástrofes. Requisitos no fundamentales para que la catástrofe se presente, que ya se ha presentado, la catástrofe de las crisis, o de la desaceleración, o como quiera denominarla Zapatero. Pero hasta en eso, en las catástrofes, se distingue a los educados de los groseros.