No era raro que los asentamientos fuesen tan precarios, que muchas ciudades se murieron sin cementerio
José Luis ALVITE
Como lo veía el bueno de Lester Donovan al recordar aquel viaje hacia el Oeste, «nada le hace tanto daño a las inmensas posibilidades de un país como el descubrimiento súbito de su riqueza». Habían pasado sólo cuarenta años desde el descubrimiento del oro en las tierras de John Sutter, pero a cambio de asegurar para el futuro la prosperidad de California, las sucesivas oleadas de aventureros habían servido para diezmar por el camino las manadas de bisontes y para fundar poblados que se esfumaron tan pronto la voracidad de los colonos esquilmó los bosques, agotó los yacimientos y la sed le secó las oraciones. «Se crearon poblados en los que todo ocurrió tan rápido, y fue tan efímero, que en muchos casos aquellos temporeros no tuvieron tiempo para levantar casas al otro lado de una calle que parecía pensada para pasar de largo» y «no era raro que los asentamientos fuesen tan precarios, que muchas de aquellas ciudades se murieron sin haber tenido siquiera cementerio». Miles de hombres trabajaron a destajo hasta que se puso en las traviesas de Utah el último clavo para completar el ferrocarril entre Omaha y Sacramento, en 1869, casi veinte años antes de que Lester Donovan se diese cuenta de que «las grandes llanuras y las majestuosas montañas habían dejado de ser un desafío para convertirse en un simple espectáculo al que no se asistía con religiosa devoción desde un caballo, sino con simple curiosidad desde un vagón». El grupo de Lester se alejó del ferrocarril y buscó amparo en lugares sin identificar en los que «los ríos bajaban sin jabón y los buitres todavía sobrevivían comiendo carne sin correaje y sin ropa», intimando con la Naturaleza en parajes en los que el fuego devastaba los bosques a la vez que los fertilizaba con las esporas de sus rescoldos, «en un ambiente de calamidades fortuitas y benéficas que dejaban un rastro de pasajera destrucción, como si en las brasas de aquel fuego devastador la vida incubase misteriosamente la larva del agua». Lester Donovan nos mostró una hoja de su diario en la que había confesado al atardecer sus emociones mientras descansaba de una lenta cabalgada «con el alma de rodillas»: «Creo que en medio de tanta belleza, en este paisaje en el que los hombres somos su único error, Dios se miraría con estupor las manos y la estatua del presidente Cleveland solo haría el ridículo»...