Yehoshúa indaga en el devenir de los cadáveres después de un atentado terrorista
Toni Montesinos
Si con su anterior novela, «La novia liberada» (2005), Abraham B. Yehoshúa (Jerusalén, 1936) recreaba atentados de terroristas islámicos en la Argelia de los años noventa, ahora indaga en las consecuencias de tales actos, especificándolas en la burocracia que se esconde tras una muerte. Porque, ¿qué ocurre con esos cuerpos que de repente estallan por culpa de una bomba? En nuestra sociedad, que tanto oculta la muerte, que tanto la niega quién sabe por qué, se tiene presente la barbarie terrorista pero se olvidan a los individuos que la sufren, personas con nombre y apellidos y familia cuya muerte es tan azarosa como absurda: una ideología encarnada en una acción violenta en cualquier sitio y dirigida a nadie en concreto.
Muertos anónimos
Frente a esa masa anónima que nos llega de los medios de comunicación, un número de fallecidos en un atentado, la protagonista indirecta -la muerta que da pie al relato- en «Una mujer en Jerusalén» es el único personaje que tiene nombre: Julia Ragayev. Empleada como limpiadora en una panificadora, ha perdido la vida con sólo la nómina de su empresa entre su ropa; nada más se sabe de ella y ningún familiar o amigo la reclama, por lo que permanece en el depósito de cadáveres. Un periodista ávido de casos como éste, al que todos se referirán como «la víbora», escribe un artículo denunciando la insensibilidad de la empresa, además de referirse a la vida del director de recursos humanos.
Dicho director es el que va a llevar el peso de esta narración que tiene un punto de sarcasmo kafkiano: Yehoshúa emplea toda la primera parte de esta «Pasión en tres actos», como reza el subtítulo, para plantear la situación: el dueño de la empresa, un anciano al que le preocupa su reputación, desea hacer pública una disculpa por haberse desentendido de su empleada; el director de recursos humanos se niega a ello, se atreve a pedirle al periodista que deje el caso y hasta ha de hacer de investigador cuando necesite averiguar quién era esta Julia y por qué su desaparición le provoca problemas.
Y es que el director de recursos humanos lleva una vida turbia; divorciado y enemistado con su ex mujer, no tiene tiempo para atender a su hija y encima tiene el extraño encargo de limpiar la imagen de la panificadora con una especie de expiación.
Información y personajes
La contradicción está servida: el departamento de recursos humanos muestra una enorme inhumanidad al ignorar la situación laboral de Julia, ingeniera y madre de un niño, que se vino a Jerusalén en busca de una vida mejor. Todos estos personajes, más las dos secretarias que aparecen en la historia, así como el supervisor de la panificadora, enamorado de la mujer muerta, y el periodista resultan estereotipados e incluso algunos diálogos parecen poco naturales, como si a Yehoshúa le preocupara transmitir información y no darle un carácter a cada personaje.
Ese es el riesgo de la novela, que se centra en una idea fija y la lleva hasta la redundancia, de ahí que se avance con lentitud. Será en la segunda parte cuando todo se agilice. A Yehoshúa se le ha llamado el Faulkner israelí, aunque a mi juicio poco tenga que ver con el estadounidense: Yehoshúa no presenta una narrativa simbólica ni poética, sino sociológica, y tal cosa no extraña, pues con frecuencia pone de manifiesto sus opiniones con respecto a los asuntos político-bélicos de su Estado.